“De noche iremos…” canta el coro del Cristo. Los versos de san Juan de la Cruz nos señalan el gran objetivo de la estación de penitencia de nuestra cofradía: en la noche oscura del alma, en la noche oscura de la vida, sólo la sed [de Dios] nos alumbra…

Indudablemente, la estación de penitencia es el momento álgido de la Hermandad. Es para todos el gran día del encuentro en torno a nuestros sagrados Titulares.

Se inicia la estación con la celebración de la misa de nazarenos, a la que asisten los cofrades que realizarán su penitencia en la calle formando parte del guion, y aquellos hermanos que, por diversas circunstancias, no lo pueden hacer de esa manera. Desde la oración están en comunión espiritual: toda la Hermandad, pues, hace su Estación de Penitencia en el Lunes Santo.

A los pies del presbiterio, en la nave central, se sitúan el paso del Cristo y de la Santísima Virgen. La única luz que hay en la iglesia es la de los cirios de los pasos. Detrás, los coros del Cristo y de la Virgen, que interviene durante la misa con cantos gregorianos y polifónicos. Delante de los pasos, en el centro, el altar para la celebración de la Eucaristía. Los hermanos, bien revestidos de túnica negra y escapulario, bien en ropa de calle, hacen pasillo en la nave central. Oración, silencio, música que conmueve, recogimiento, palabras del Consiliario que siempre llegan al corazón, profunda solemnidad…

Alimentados con la Palabra de Dios y con su Cuerpo y Sangre, la Cofradía ya puede “testimoniar a Córdoba lo que ha visto y oído” (Cf. Hch 4, 20).

Rápidamente cada hermano se sitúa en su sector. El Hermano Mayor da las últimas indicaciones. Silencio. Comienza en voz alta y firme el rezo del santo rosario por el eterno descanso de las ánimas del purgatorio. Conmueve el doblar de las campanas. Las puertas de San Lorenzo se abren, y la muchedumbre queda sobrecogida, diríase que trasladada a una dimensión ultramundana -“Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman.” (1Co 2, 9)-.

La singularidad de Ánimas en la calle es un hecho irrefutable: los faroles, iluminando el camino; no hay música de banda; rosario rezado en voz alta, invitando a todo el pueblo a sumarse a la oración; silencio que se contagia a la multitud en la calle; no hay costaleros: el Cristo y la Virgen de las Tristezas se deslizan en la nube y desgarran la noche con el esplendor de su luz.

El orden del guion:

- Abriendo paso avanza entre la muchedumbre la sencilla cruz de guía, de madera, con la pintura del Crucificado.

- El estandarte del Cristo está confeccionado con bordados del siglo XVIII en el que figuran atributos de la Pasión (martillo, esponja, tenazas, clavos y corona de espinas). En el óvalo aparece una pintura del Cristo del Remedio de Ánimas, obra de Rafael Medina.

- Simbolizando el reinado de la muerte sobre el hombre hasta la gloriosa Redención del Señor, descansa sobre un cojín negro la calavera coronada.

- El paño de la Verónica. Siguiendo una venerada tradición, recuerda la plasmación maravillosa de la “verdadera imagen” del Seño sobre un lienzo con el que enjugó su divino rostro una piadosa mujer. Recuerda así la Hermandad la obligación que tenemos todos de mostrar al mundo el verdadero rostro de Dios con nuestras vidas.

- La Bandera de damasco negro desplegada al viento simboliza el anuncio de la muerte de Jesús, trance doloroso que el Hijo del Hombre comparte con la humanidad, a quien redime.

- El libro de reglas sacramental nos recuerda el primitivo y antiguo origen de la Hermandad (1537). El carácter sacramental recogido en nuestros estatutos nos vincula de manera especial al culto a la sagrada Eucaristía.

- Estandarte sacramental: es la enseña que más ostensiblemente distingue nuestro ser eucarístico. Las velas de los faroles que acompañan a este atributo son, pues, de color rojo.

- Paso del Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas.

Es de estilo neobarroco, aunque cargado de sobriedad, realizado en 1973 por los hermanos Jiménez Arenas. Está inspirado en el sepulcro del Cardenal Salazar, quien en 1690 aprueba los estatutos de la Hermandad de Ánimas en San Lorenzo. Este monumento se halla en la catedral de Córdoba.

En las esquinas aparecen sendos ángeles tallados por Amadeo Ruiz Olmos. Portan atributos eucarísticos y de la pasión.

Los candelabros arbóreos son obra de Miguel Arjona Navarro. Realizados en madera sobredorada sobre negro, su diseño evoca las llamas del Purgatorio.

En la parte frontal del paso aparece un templete que guarda un antiguo relicario con la Santa Espina del Señor, perteneciente a la Real Parroquia de San Lorenzo.

El cuidado exorno floral se alterna con paños de terciopelo negro, en señal de duelo ante la muerte del Señor.

La imagen del Cristo está datada en las postrimerías de siglo XVII, de autor desconocido. Destaca la serenidad y majestad del rostro del Señor. El cabello natural sobrepuesto oculta una parte de la faz. Aparte del efecto estético, quiere señalar el dualismo de la doble naturaleza de Jesucristo. Descansa en el Padre después de cumplimiento de su misión –“Todo está cumplido”-. (Jn 19, 30).

El cuerpo aparece ennegrecido, dando un tremendo dramatismo al momento cumbre de la muerte de Jesús en la cruz.

La corona de espinas, los clavos y las potencias son donación de un cofrade, el Ilmo. Sr. Conde de Casa Padilla. Los orfebres: Joaquín Dobado, la corona y los clavos; Emilio León, las potencias.

La corona, florecida; los clavos, transformados en áureas azucenas. El oro refulgente sublima la figura del elemento de tormento que constituyen tanto la corona como los clavos: donde abunda el sufrimiento, brota la salvación -“Fue Él quien, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que muriésemos a nuestros pecados y viviésemos para la justicia; y con sus heridas habéis sido curados.” (1P 2, 24)-

El velo de tinieblas pende de los brazos de la cruz. Constituye un elemento único en la iconografía de los crucificados cordobeses.

Nos recuerda al del Santuario del Templo de Jerusalén, que se rasgó en dos, de arriba abajo en el instante de la muerte de Jesús (Mt 27,51). “Se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron” (Mt 27,52). Estos santos difuntos del AT son los que esperaban la redención del Mesías, siendo así rescatados del poder del infierno por mismo Cristo en su descenso al lugar de los muertos. La tiniebla, expresada en la negritud del velo, constituye junto a éste la manifestación del día de Yahvé anunciado por los profetas (Am 8, 9). Está bordado en oro y plata sobre un delicado tul por Francisco Pérez Artés.

A los pies de la cruz se puede observar una calavera y dos tibias. Estos elementos simbolizan al padre Adán que es liberado del poder de la muerte, a la fue sometido por el pecado, gracias a la victoria del Redentor. En Adán estamos todos representados…

El conjunto del paso del Cristo es sencillamente impresionante. Deslizándose en la noche del Lunes Santo por las calles de Córdoba quiere llevar el mensaje de salvación a los corazones de todos los cordobeses.

- Capilla sacra de cantores. El coro de Cristo de Ánimas entona durante todo el recorrido el salmo penitencial. El salmo 50, Miserere, sobrecoge e invita a tomar una actitud de conversión. “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mis pecados…”

- Palio de respeto. Continuando una antigua tradición, seis nazarenos portan un palio de honor a la figura del Cristo.

- Estandarte de la Santísima Virgen. Abre el tramo del cortejo de Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas. Está bordado por la MM. Adoratrices, y en centro aparece la imagen de Nuestra Señora pintada por Rafael Medina, hermano que fue de nuestra Cofradía.

- El Libro de Reglas de La Hermanad. Las antiguas reglas aprobadas por el Cardenal Salazar, obispo de Córdoba, en 1690, figuran en este libro, enriquecido con plata antigua. Las reglas constituyen para los hermanos la plasmación concreta y actualizada del camino evangélico cuyo objetivo principal es el logro de la santificación y salvación de todos y cada uno de los integrantes de la Hermandad.

- Paso de la Santísima Virgen.

La Imagen de Nuestra señora Madre de Dios en sus Tristezas se alza sobre una hermosa peana de madera sobredorada, bajo un imponente baldaquino neobarroco. El diseño del paso es del pintor cordobés Miguel del Moral, y la talla del mismo es obra del afamado maestro Miguel Arjona Navarro.

Ocho ángeles, también tallados por Miguel Arjona, sostienen el techo del baldaquino que semeja una corona real en honor de la Virgen.

Dieciocho candelabros de plata constituyen la candelería del paso. El número quiere evocar a las personas presentes en el duelo por la muerte del Señor.

Delante de la peana se puede contemplar una reliquia del mártir san Lorenzo.

La imagen de la Santísima Virgen es de candelero, de finales del siglo XVIII. Presenta a la Dolorosa en actitud de oración suplicante, con el rostro bañado de lágrimas, pero, al mismo tiempo expresando una serena majestad. Vestida a la manera de las viudas reales de la Casa de Austria, observamos un rostro bellísimo enmarcado en rostrillo hermosamente ornamentado.

En la salida procesional luce la Virgen un corazón de plata donado por la familia Torres Jurado en memoria de su amada hija Lidia.

Otros atributos: la media luna a sus pies aludiendo a la visión escatológica de San Juan en el Apocalipsis, y la estola morada, que subraya la mediación de María ante su Hijo.

El escapulario, en plata, de la Hermandad, en el que figuran el escudo de la Cofradía y la Virgen del Carmen, advocación vinculada a las benditas ánimas del purgatorio. La Hermandad se halla asociada a la orden del Carmen.

El manto de estrellas, bordado en oro, donación de hermanos, que, junto con la corona, expresa la realeza de María pues, al asociarse al sufrimiento redentor de su Hijo, es glorificada participando del triunfo de la resurrección.

-La capilla sacra de cantoras, entonando la secuencia del “Stabat Mater” a lo largo del recorrido procesional, cierra el conjunto del cortejo de la Cofradía.

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